martes, 11 de octubre de 2011

Vivan los novios

Este finde tuve una boda. ¿Una más o una especial?
Soy más que consciente de que no es algo que me pase sólo a mí: estamos en una edad en la que si te invitan a dos bodas al año, te parece poco. Ésta ha sido mi segunda del 2011, pero no la última.
Cada vez que voy a una boda, me siento más bipolar.
Por una parte, siempre es lo mismo: un novio esperando nervioso, la entrada de una novia espectacular, los granos de arroz asesinos a la salida (si algún día me caso, queda dicho que no quiero arroz), correr detrás de los camareros en el buffet, el decir “creo que voy a reventar en cualquier momento” antes de pasar al comedor, probar el primer plato y no ser capaz de terminarlo, ídem con el segundo, hacer un esfuerzo y comerte el postre entero, brindar con una copita de cava que sigue sin gustarme, bailan los novios, baila todo el mundo, te duelen los pies, te miras al espejo y te preguntas si eres la misma persona que salió de casa 8 horas antes, te siguen doliendo los pies, mandas el glamour a la mierda y te cambias de zapatos, los amigos más cercanos de los novios empiezan a desfasar… y después todo termina. Coges la bolsita con los taconazos superbonitos dentro, y sales arrastrando los pies camino de tu casa, mientras piensas “¿de verdad que alguien se cree que de una boda sale otra?¿A cuántos miles de bodas tengo yo que ir para que sea mi turno?”
Por otra parte, nada es igual: el vestido de la novia, la ilusión de los familiares, los nervios de las amigas de la novia, la cara del novio al verla llegar, las miradas a los ojos cuando se dicen “si, quiero”, cuando bailan su canción rodeados de gente pero sintiendo que están solos… y millones de cosas más que supongo que sólo se sienten el día de tu boda.
Y después está esa parte evidentemente inevitable en cualquier boda que se precie: ¡comentarlo todo! Que tire la primera piedra quien no mira de arriba a abajo a toda la que pasa por delante; es súper importante, porque puedes encontrar entretenimiento para toda la velada: mira qué vestido tan corto; mira ésa la mosquitera que lleva puesto en vez de sombrero; mira que camarero tan mono; hay que ver que no hay ningún muchachito aparente en edad de merecer; mira aquel que se ha subido al escenario y está mojando un micro en el cubata; por Dios, que alguien le diga a la que se ha subido a cantar con el grupo que lo hace fatal; mira aquella como baila; hay que ver que a la gente le ha dado por imitar a la Duquesa bailando en su boda… En fin, ¡lo típico!
Después de todo esto me pregunto: ¿me quiero casar? Siempre pensé que sí, pero con el tiempo se ha convertido en algo un poco más prescindible para mí. Aunque pensándolo realmente, ¿a quién no le gustaría ser la protagonista de un cuento aunque sólo fuera un día?
Lo que sí tengo claro, es que algún día (aunque no sepa todavía con quién) quiero que seamos felices y comamos perdices.


 

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